viernes, 26 de noviembre de 2010

Espejismos

No es un buen escrito, pero quería publicar algo... y qué carajos.


-Chico, sabes que algún día tendrás que despertar.


Pero él ya no quería despertar; por más de que la parte racional de su cabeza le llamara entre fantasías oníricas, ya estaba perdido, ya era demasiado tarde.
Siempre creyó que su tendencia a soñar despierto era simplemente una característica de su ya extraña personalidad, nunca imaginó que podría traer serias consecuencias. Qué equivocado estaba.


Solía tener pensamientos insanos, solía ser un chico callado, tímido, reprimido y un tanto depresivo… hasta que la conoció a ella. Con ella descubrió que la vida podía tener un sentido más allá de estar a la defensiva, de ser despectivo, de estar solo; de viajar entre espejismos y ardides que entrañaba constantemente en su mente. Luego hizo otro descubrimiento: no sólo era un sentido; era un sentido maravilloso cuando aquélla mujer lo acompañaba.


Nunca comprendió por qué le agradaba, por qué se empeñaba tanto en ayudarlo y por qué parecía entenderlo todo con tanta facilidad, cuando después de años de intentar explicarlo a los demás se había dado por vencido. Tampoco sabía por qué decía que lo quería, por qué se empeñaba en ayudarlo, ni por qué un día lo sorprendió pidiéndole que fuese su compañero sentimental; y más increíble aún, por qué él tan enérgicamente se había apresurado a decir que sí. Más adelante descubrió que el hombre acostumbraba a hacer la propuesta, y que él, con su nulo filtro social había perdido la oportunidad de tener ese detalle; pero nada en su relación era normal, y eso era precisamente lo que les encantaba a ambos. El sentimiento de tranquilidad, de satisfacción, que lo invadía cuando estaba con ella, se dijo, debía de ser amor.


Alguna vez leyó que el amor siempre va acompañado de la muerte, y el suyo, que era profundo y real, no podía ser la excepción; podía recordar perfectamente cada fragmento del accidente ocasionado por uno de sus lapsus de ensoñaciones, cómo su amada era tragada por una retorcida maraña de metal, cómo debió permanecer horas mirando los inexpresivos ojos castaños, que lo miraban sin mirar.
Había sido un tiempo de descubrimientos, y a continuación hizo otros cuantos: la verdadera agonía, la desesperación de la pérdida… y el alivio de las alucinaciones. Su último descubrimiento fue ése: podía estar con ella en su cabeza, en su delirio. Podía ver su cabello rojizo, su piel marfil y el rastro que las pecas dibujaban en ella. Entonces decidió que no quería salir, que la realidad era demasiado abrumadora, demasiado dolorosa.


En aquel momento… el mundo perdió a ese chico entre preocupaciones, cuando lo cierto es que él, en el fondo de su inconsciente, en medio de desvaríos, ya no tenía ninguna… nunca más.

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