Estaba maldita; maldita como el demonio. Aunque pensándolo bien, Lucifer era el rey, y tenía el calor de miles de llamas a su disposición; encambio ella, en su miserable y condenada vida era menos que una plebeya... menos que nada.
No había peor manera de vivir, no existía sufrimiento más grande, que ése que acompaña a quienes como ella pasaban sus días bajo la sombra del anhelo. Siempre lo bastante cerca como para desear, pero nunca lo suficiente para conseguir.
Su vida pasaba, y ella veía desde atrás de un vidrio cómo sus ansias más hondas y obscuras eran entregadas a alguien más... siempre a alguien más.

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